En los primeros años del siglo XX, cuando gran parte del planeta ya aparecía dibujada en los mapas, quedaba un lugar casi mítico, remoto y mortal: la Antártida. El Polo Sur era el último gran desafío geográfico de la humanidad. Temperaturas extremas, tormentas interminables y un paisaje completamente blanco convertían aquella aventura en una auténtica lucha contra la naturaleza. Y fue entonces cuando comenzó una de las competiciones más apasionantes de la historia: la carrera por conquistar el Polo Sur.
Dos hombres quedaron para siempre unidos a esta historia. Por un lado, el noruego Roald Amundsen, un explorador frío, meticuloso y experto en supervivencia en climas extremos. Por el otro, el británico Robert Falcon Scott, capitán de la Marina Real y símbolo del espíritu aventurero del Imperio Británico.
Aunque ambos tenían el mismo objetivo, sus estrategias eran completamente distintas. Amundsen había aprendido de los pueblos inuit del Ártico. Sabía que los perros de trineo eran fundamentales y que viajar ligero podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Preparó su expedición con precisión casi científica: ropa adecuada, rutas estudiadas y depósitos de comida distribuidos cuidadosamente por el hielo.
Scott, en cambio, apostó por una combinación más tradicional y compleja. Su expedición llevaba ponis siberianos, motores experimentales y también hombres tirando de los trineos. Además de conquistar el Polo Sur, Scott quería realizar investigaciones científicas, lo que añadía peso y dificultades al viaje.
En 1911 comenzó la gran carrera.
Hablamos en nuestros enigmas express con Jose Hutter de esta tremenda hazaña que se hizo en la Antártida.
