Cuando pensamos en el pueblo judío, es habitual imaginar comunidades en Europa, Oriente Próximo o América. Sin embargo, existe una comunidad cuya historia desafía muchos de nuestros prejuicios: los judíos de Etiopía, conocidos como Beta Israel.
Durante siglos, esta comunidad vivió aislada en las montañas del norte de Etiopía, conservando tradiciones religiosas propias y una identidad que despertó tanto admiración como misterio. Su origen sigue siendo objeto de debate. Según su tradición, descienden de la tribu de Dan, una de las doce tribus de Israel. Otras teorías apuntan a antiguos contactos entre comerciantes judíos y poblaciones del Cuerno de África o a la conversión de grupos locales al judaísmo hace muchos siglos.
Lo cierto es que, independientemente de cuál sea su origen exacto, los Beta Israel desarrollaron una práctica religiosa profundamente arraigada. Celebraban el sábado como día sagrado, seguían normas alimentarias similares a las leyes dietéticas judías y mantenían una rica tradición basada en textos religiosos escritos en ge’ez, una antigua lengua litúrgica etíope.
Sin embargo, durante gran parte de su historia fueron una minoría marginada. A menudo sufrían discriminación y eran conocidos con un término despectivo que significaba «extranjeros» o «sin tierra». Muchos trabajaban como artesanos, herreros o alfareros, profesiones que en algunas regiones eran consideradas de bajo estatus.
En el siglo XX, el destino de los Beta Israel cambió de forma radical. A medida que aumentaban los contactos entre Etiopía e Israel, diversos rabinos e investigadores comenzaron a estudiar esta comunidad. Finalmente, en 1973, el Gran Rabinato de Israel reconoció oficialmente a los Beta Israel como judíos. Esta decisión abrió la puerta a que pudieran acogerse a la Ley del Retorno, que permite a los judíos emigrar a Israel y obtener la ciudadanía.
En nuestro tiempo de enigmas express hablamos con Shai Semer de los judíos de Etiopía.
